Aterrizamos en el Aeropuerto de Stansted y la marea alemana ya invadía la ciudad. Una voluptuosa alemana, vestida con el clásico vestido germano, regalaba unos pins en los que se podía leer "Fussball kommt nach Hause" o lo que es lo mismo "el fútbol vuelve a casa". Cogí dos y a la chica no le pareció mal.
Cuando llegamos a la calle levanté rápidamente el cuello, quería palpar ya el famoso British weather, tan temido como esperado en mi caso. Pero hacía sol. De hecho hizo sol todo el fin de semana, fue un finde atípico donde había más alemanes que ingleses y hacía sol.
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| Cruzando el Támesis por la mañana entre el Big Ben y el London Eye. |
Al llegar al centro de la City nos dimos cuenta de lo que ya era una obviedad, había muchos más amarillos y negros que rojos y blancos. Visitamos todo lo que visitan los turistas, pero después de comer en un confortable restaurante italiano llamado "Il Calcio", cogimos el metro y nos fuimos a la parada más esperada, Wembley Park.
Faltaban unas horas para el partido, quizá cuatro o cinco, tampoco íbamos a entrar al estadio, era una visita. Dejamos la estación y un cartel que decía "Road to Wembley" daba la bienvenida. El mismo cartel que veía en cada partido de Champions en el Camp Nou y solo esperaba que no fuera la última vez que lo leía.
Los cánticos bávaros y borussens se mezclaban, con aire de fair-play, a medida que nos acercábamos al estadio, al imponente arco que ya se veía al dejar el tube.
Compramos una bufanda de la final y una gorra del Borussia, solo había que sumar eso a mi camiseta de Kagawa, para que mi uniforme fuera como para confundir incluso mi nacionalidad. Subimos unas escaleras a las que se tiene acceso sin entrada, y desde arriba contemplamos como se iban acercando los aficionados de sendas escuadras.
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| Así me paseaba por las afueras de Wembley. |
De repente me vi perdido. Pero eso no era tan malo, con mi gorra, la bufanda y la camiseta, me dispuse a conversar con la gente. Primero fue una japonesa que se me acercó para hablarme de Kagawa, imagino que su fanatismo por el Dortmund nació a raíz del jugador nipón, que ya no estaba ahí.
Luego charlé con un amigo que lucía la camiseta de Atletico Mineiro, le dije que trasnochaba cada miércoles para ver jugar a Ronaldinho o Bernard, él me dijo que Bernard estaba realmente cerca de fichar por el Dortmund, en ese momento lo estaba. Aunque acabó yéndose a Donetsk. Cuando Mineiro ganó la Copa me alegré por él, por Ronnie y por él.
Fotografié hasta el último detalle del que estaba siendo el campo más increíble que jamás había o he visto. Y no solo lo capté con el móvil, también con cada uno de los sentidos que se encontraban en pura efervescencia.
Faltaba menos para el partido, no teníamos entrada, había que ir a un bar a verlo. Volvimos a la ciudad y fuimos preguntando hasta encontrar un restaurante de estilo americano en el Soho. Yo era el único con colores en ese local. Los demás eran londinenses, los alemanes a aquella hora estaban todos en Wembley. De hecho, creo que era el único individuo de la ciudad con camiseta del Dortmund que no estaba en el estadio.
Eso obligó a que la mayoría de personas del bar fueran con el Dortmund por simple compasión hacia mi persona. El partido fue una obra de arte, nada que no sepan. Pero al meter Robben el gol de la victoria sentí muchas cosas. Era rabia pero asumida, el Bayern no podía perder otra final de Champions, hubiera sido muy cruel. El triunfo del Dortmund se lo encontré en todo lo que ya había hecho y demostrado, y no me refiero a los resultados únicamente.
Al acabar el partido se me fueron acercando personas y me repetían algo parecido a "Next year, next year". Yo sonreía y les agradecía el gesto aunque dudaba que el Dortmund se metiera en otra final. Ahora no lo dudo tanto.
Dimos una vuelta por la ciudad, ya oscura, y me di cuenta que los alemanes seguían en Wembley, sobre todo porque cada 100 metros alguien me preguntaba por el resultado del partido. Yo lo explicaba sin problemas, hasta que llegó la cuarta o quinta vez y, ya harto, le pregunté al tipo si en Londres la gente no veía el fútbol. Él se rió y me dijo que a él sí que le gustaba pero su equipo era Cruzeiro y no jugaba, lógicamente.
Me explicó la historia resumida de Cruzeiro y sobre su rivalidad con Atl. Mineiro, me acordé del amigo que hice en Wembley por la tarde. Acabamos de charlar, estábamos en el Piccadilly Circus rodeados de aficionados del Bayern y del Dortmund, ya habían vuelto del estadio. Cantaban bajo el efecto del alcohol, pero había buen rollo. Alguno del Dortmund que no había asimilado la derrota parecía que buscaba problemas pero no fue a nada. Al día siguiente vi imágenes de peleas entre ambas aficiones en la televisión, en parte era comprensible, todo el día bebiendo cerveza y luego tu equipo pierde la final.
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| Piccadilly Circus por la noche, aún habían fuerzas para beber más cerveza |
Al llegar al hotel y conectarme al wi-fi, empecé a recibir Whatsapps de amigos y familiares que me felicitaban. Yo miré el reloj y aún eran las once de la noche, aún era sábado 25. Eso al menos en las Islas, en la Península yo ya era mayor de edad.
Aprendí mucho en esos dos días, pero sobre todo sentí que se cerraba un círculo. Un circulo que había empezado a trazar cuando empecé a seguir al Dortmund hace más de dos años sin saber exactamente por qué, y lo cerré al verme camuflado entre su afición en las puertas de Wembley en un partido que ya ha quedado para la historia del fútbol.
Para comprender de qué se trata exactamente mi afección hacia el club de Westfalia, es recomendable leer esta antigua entrada en el blog: La consolidación de una loca idea




