Nunca fue fácil la vida de Luis. Como buen
roedor, ya desde bien chico, aprendió que en este mundo o comes o eres comido y
eso, con un buen apetito como el suyo, te convierte con el paso de las
estaciones en un depredador. Herbívoro en su especie aunque en época de
hambruna puede llegar a recurrir a la carroña, a menudo perteneciente a la
carne de individuos de su misma especie.
Y es que a Luis le basta con vivirlo una vez
para retenerlo. Será por eso que ya las ha visto de todos los colores y
tamaños; que si se lleva el paraguas es porque va a llover y si viste camisa
abierta es porque esa noche no volverá temprano a casa.
Luis practica el canibalismo cuando el
calendario así lo pide. Antes de viajar a Manchester, en la ida de los octavos
de final de la Champions, "dientecillos Suárez" contaba con siete escasos goles
en su casillero particular. Siete únicas presas llegados al mes de febrero,
aunque el Comité de Roedores Justicieros no le permitiera salir de caza hasta
finales de octubre, cuando el frío había dejado los campos y montes de la zona
prácticamente desérticos.
Pero lo peor de esos siete goles es que
ninguno de ellos había servido para sumarle ningún punto a su equipo. En todos
los encuentros en los que había marcado el Barcelona ganó por más de un gol de
diferencia, por lo que sus hazañas no tenían el valor suficiente. Hasta que Luis
miró el calendario y sintió que había que salir ahí fuera. La época de caza había empezado y su
jaula permanecería abierta hasta nuevo aviso.
Dejó dos zarpazos en la vieja Manchester, donde
se acordaban de él aunque no le recibieran con los brazos abiertos. Luis siguió
marcando goles “intrascendentes” para algunos pero cuando la exigencia volvía a
llamar puntual a su puerta, él ahí estaba. Arañó la victoria de los suyos ante
el eterno rival y fue coronado durante esa noche de cielo oscuro y
primaveral.
Un mes después, los dientes de Luis se mordían la cola en un parque céntrico de Paris, presos de los nervios previos a una
gran noche. Suárez agujereó, con dos bocados, la cima de una Torre Eiffel que
siempre que llegas está en obras. Y jode porque la quieres ver al fin acabada y
detallada pero siempre queda una esquina por limar o unos clavos que soldar. Clavos que supo aprovechar el uruguayo para dejar en evidencia el momento de forma de David Luiz.
Al día siguiente de su excursión por tierras
galas Luis se levantó temprano, como siempre. Y como acostumbra a hacer
después de una gran noche de caza, Dientecillos acude al kiosko para ver cómo
valoran su actuación. ¡Y no podríais creer cómo ríe mientras al leer ‘Dientes
de Oro’ y ver su fina imagen posando como un luchador romano recuerda todas las
otras veces en que le han desacreditado en público, demostrando no creer ni en
su innata saciedad ni su ejecución mortífera ni en la furia que se prende en su cuerpo como una pequeña cerilla ardiente arrojada al epicentro de una gran fogata en la noche de San Juan!
El sol seguirá girando. Y cuando el
calendario de Luis le vuelva a advertir de la necesidad de sus dientes, él los
volverá a afilar sin reparar en el desgaste de sus encías ni en los consejos
del doctor cuando le aconsejó que no devorara tantas presas en tan poco
tiempo. Él siguió mordiendo.

