viernes, 17 de abril de 2015

Luis el roedor en época de caza


Nunca fue fácil la vida de Luis. Como buen roedor, ya desde bien chico, aprendió que en este mundo o comes o eres comido y eso, con un buen apetito como el suyo, te convierte con el paso de las estaciones en un depredador. Herbívoro en su especie aunque en época de hambruna puede llegar a recurrir a la carroña, a menudo perteneciente a la carne de individuos de su misma especie.

Y es que a Luis le basta con vivirlo una vez para retenerlo. Será por eso que ya las ha visto de todos los colores y tamaños; que si se lleva el paraguas es porque va a llover y si viste camisa abierta es porque esa noche no volverá temprano a casa.


Luis practica el canibalismo cuando el calendario así lo pide. Antes de viajar a Manchester, en la ida de los octavos de final de la Champions, "dientecillos Suárez" contaba con siete escasos goles en su casillero particular. Siete únicas presas llegados al mes de febrero, aunque el Comité de Roedores Justicieros no le permitiera salir de caza hasta finales de octubre, cuando el frío había dejado los campos y montes de la zona prácticamente desérticos.

Pero lo peor de esos siete goles es que ninguno de ellos había servido para sumarle ningún punto a su equipo. En todos los encuentros en los que había marcado el Barcelona ganó por más de un gol de diferencia, por lo que sus hazañas no tenían el valor suficiente. Hasta que Luis miró el calendario y sintió que había que salir ahí fuera. La época de caza había empezado y su jaula permanecería abierta hasta nuevo aviso.

Dejó dos zarpazos en la vieja Manchester, donde se acordaban de él aunque no le recibieran con los brazos abiertos. Luis siguió marcando goles “intrascendentes” para algunos pero cuando la exigencia volvía a llamar puntual a su puerta, él ahí estaba. Arañó la victoria de los suyos ante el eterno rival y fue coronado durante esa noche de cielo oscuro y primaveral.

Un mes después, los dientes de Luis se mordían la cola en un parque céntrico de Paris, presos de los nervios previos a una gran noche. Suárez agujereó, con dos bocados, la cima de una Torre Eiffel que siempre que llegas está en obras. Y jode porque la quieres ver al fin acabada y detallada pero siempre queda una esquina por limar o unos clavos que soldar. Clavos que supo aprovechar el uruguayo para dejar en evidencia el momento de forma de David Luiz. 




Al día siguiente de su excursión por tierras galas Luis se levantó temprano, como siempre. Y como acostumbra a hacer después de una gran noche de caza, Dientecillos acude al kiosko para ver cómo valoran su actuación. ¡Y no podríais creer cómo ríe mientras al leer ‘Dientes de Oro’ y ver su fina imagen posando como un luchador romano recuerda todas las otras veces en que le han desacreditado en público, demostrando no creer ni en su innata saciedad ni su ejecución mortífera ni en la furia que se prende en su cuerpo como una pequeña cerilla ardiente arrojada al epicentro de una gran fogata en la noche de San Juan!

El sol seguirá girando. Y cuando el calendario de Luis le vuelva a advertir de la necesidad de sus dientes, él los volverá a afilar sin reparar en el desgaste de sus encías ni en los consejos del doctor cuando le aconsejó que no devorara tantas presas en tan poco tiempo. Él siguió mordiendo.