Sevilla es la gente. Ya sean los que debaten sobre el Betis en cualquier terraza que encontrarás cada 50 metros, o los que vuelven del trabajo en traje mientras golpean 37 grados de calor. Y decimos Betis y no Sevilla porque la Sevilla que yo conocí era bética. No llegue a conocer a nadie del Sevilla. Absolutamente todos con los que hablé, desde los jefes de los bares cerca de Triana hasta un bar que se anunciaba como "el bar con la caña más barata de España", y valía 40 céntimos, al lado del Sánchez Pizjuán, defendían sus colores con pasión.
| El Puente de Triana una noche cualquiera de verano, pero no una más. |
Sevilla es el Gualaquivir. El río determina la ciudad, le da ese romanticismo que los bares, pese a sus amables precios rebajados, no pueden dar. Imagino que con la mayoría de ciudades con ríos ocurre algo parecido pero yo ya no puedo imaginar la ciudad sin él. Y es que el agua nos da vida. A las personas, los animales, las plantas y las ciudades.
Sí, Sevilla es también la Giralda. Esa a la que te vas acercando de espaldas al río, cruzando callejuelas muy estrechas - de las que te enamoras con facilidad- hasta llegar a la catedral. Las gitanas intentarán leerte la mano y ya te aviso que te pedirán unos cinco euros por recitarte un hipotético, pero curiosamente satisfactorio, futuro de tu vida. Yo le di uno y no aceptó un cigarrillo porque era de liar.
| La Giralda. Aunque es imposible abarcarla entera en una sola fotografia |
La noche andaluza es mágica. En las paraditas que habían montado, a causa de la feria del barrio de Triana, pude charlar con un sureño que servía cubatas, con todo el arte del mundo, detrás de la barra de la parada del Triana C.F. Posiblemente el equipo más romántico de la ciudad, que juega cada domingo en segunda regional pero, según me dijo el hombre, habían ascendido dos categorías consecutivas.
Los incontables parques reales que amenizan las tardes con bancos en la sombra -fundamentales en verano para paliar el calor- mientras pasean unos imponentes caballos negros manejados por un tipo con sombrero blanco. El calor, ese del que te ya advierten a priori que te va a tostar, ahogar, incluso fatigar a niveles inesperados, pero que acabas extrañando. Porque Sevilla no sería ella sin abanicos ni gafas de sol que tratan de esconder que ayer no dormiste demasiado, y la feria tiene que ver con ello.
| Hasta pronto, Sevilla. |
Cuando esperábamos el avión que nos devolvería a casa tuve bien claro que iba a volver. Sevilla es un hechizo al que le recomiendo atraparse a cualquiera, aunque yo lo hice con la persona más especial que he tenido la suerte (¡¿qué coño suerte?!) de conocer en mis dieciocho años de vida. Y eso sí que condicionó en la medida de todas las cosas -grandes y pequeñas, ignotas y apodícticas- que han ocurrido desde entonces. Porque ella ya forma parte de Sevilla.
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