Hay un espacio en el que residen todas esas
cosas que podían ser y nunca fueron. Seguramente porque no debían pasar no
pasaron –o eso nos gusta pensar últimamente- como
las ideas que nacen y mueren en una propia mente sin llegar a penetrar y borrar los límites establecidos en otra de esas
noches incluso que crees que todo es más fácil. Todas esas veces en las que
creías saber la respuesta cuando el profesor sondeó una pregunta y te la quedaste para ti, lo cual puede ser un error.
¿A qué viene todo esto? Quizá no viene a
cuento de nada y simplemente estoy escribiendo sin saber qué quiero decir pero en ese inmenso espacio debe residir ahora Henrik
Larsson. El delantero que llenó su nombre
a las espaldas de multitudes de camisetas blaugrana durante un buen y ya
nostalgico tiempo en Barcelona.
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| Larsson besando el mayor trofeo que queda en sus vitrinas. Esa Champions fue suya. |
Ahora, viendo jugar al Barça, nos preguntamos
dónde está ese delantero que te cambia un partido cuando se le antoja. Ese
delantero que empieza a calentar cuando el enésimo aficionado reprocha la
alarmante falta de un jugador de estas características y cuando entra comienza
otro partido. Un partido que solo estos jugadores saben jugar y ganar. En definitiva
faltan delanteros centros en el equipo, más que nada porque no hay ninguno
ahora mismo y las preocupaciones de la junta parecen estar más encaminadas en
remodelaciones absurdas del estadio.
Larsson fue el hombre que cambió la final de
París entrando en el 61' con un 0-1 en contra. La final que, por si misma, empezó a cambiarlo a todo. El sueco lo cambió
todo y ahora descansa en ese lugar rodeado de abrazos y besos que nunca te
atreviste a dar.
Todos hemos sido Larsson alguna vez. Ese hombre que jugó su primer Mundial, en el 94 cuando los Estados Unidos descubrieron qué era exactamente el fútbol, con rastas en su cabeza. Larsson lo dio todo y se marchó. Demostrando que todo se tiene que terminar aunque nos resulte imposible de digerir muchas veces.

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