Era una tarde fría de marzo y nos
encontrábamos en frente de la misma Puerta de Brandenburgo. Acabábamos de
recibir una visita guiada por la zona con explicaciones muy amenas de una
catalana que había llegado a la capital germana a estudiar su historia hacía ya
unos años y no pretendía moverse –o esa fue la sensación que dejó- de un lugar
en el que se respira historia en sus calles y paredes pintadas.
En la Pariser Platz, la plaza donde se
encuentra la famosa puerta, cientos de turistas se hacían fotos y compraban
souvenirs del monumento. Entre la muchedumbre había un hombre físicamente
imponente que se hacían fotografías con la gente vestido con el clásico
equipaje de militar americano, recreando un soldado estadunidense durante la época
del Muro.
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| La Pariser Platz. Charlie podría aparecer en ésta imagen. O no. |
Ese hombretón nos llamó a mis amigos y a mí, de
hecho llamó al que vestía un abrigo del FC Barcelona diciendo cosas como “Barça, Barça” “Messi!” “Xavi!” “Iniesta! Oh Iniesta!” mientras sonreía y
hacía gestos con la mano. Nos hizo gracia el muchacho y fuimos a hablar con él
y a poner a prueba el inglés. Rápidamente nos dimos cuenta que lucía una
chapita con su nombre donde se podía leer “Charlie”. Quizá ese no era su nombre
real pero siempre le recordaremos así.
El tipo era ruso pero esa información no nos
bastaba. Nos contó que había nacido en Makhachkala un par de décadas –intuí-
atrás. Era un gran seguidor del Anzhi y estaba motivadísimo, no era para menos
ya que su equipo era el primero en la Liga Rusa en ese momento de la
competición durante el largo y habitual
parón en invierno por las gélidas temperaturas que se registran.
Además, el club ruso acababa de firmar por la
enorme cifra de 35M€ a Willian del Shakhtar Donetsk unos meses antes pero una
lesión el día de su debut lo tuvo apartado unos meses de los terrenos de juego.
Recuerdo escucharle insultar repetidas veces a Roman Abramovic, ya que ese ruso
había decidido invertir sus millones en el extranjero y eso no lo podía
comprender nuestro nuevo amigo.
Me resultaron muy interesantes muchas cosas
que contaba pero decidimos que nos enseñara a pronunciar debidamente el nombre
de su ciudad natal ya que la había oído de mil formas distintas y si alguna
sería la verdadera esa era la de un nativo.
Esa era la situación mientras el sol ya se
había puesto y las nubes tomaban el control de la atmosfera en la capital: un
ruso enseñando a pronunciar el nombre de su ciudad a unos catalanes en la Brandenburger
Tor. Charlie, él siempre tan astuto, dividió la palabra en tres partes para
hacerlo más fácil. Le recuerdo como remarcaba la pronunciación. Decía:
“MAJH-AK-ALA” Lo que mejor recuerdo es que me costó un buen rato pero
finalmente alcancé ese hito que suponía formar parte del selecto grupo de
personas que saben pronunciar el nombre de la rusa ciudad portuaria.
Nos despedimos de Charlie pero siempre quedó
en nuestra memoria. Siempre que veía jugar al Anzhi pensaba en él. Ahora hace
un año de esa productiva y revitalizante experiencia en una de las mejores
ciudades que he pisado. No sabemos dónde se encuentra ahora Charlie. Quizá ya
está en Makhachkala maldiciendo el fracaso del proyecto de su equipo. O quizá
está en alguna otra plaza de otra gran ciudad a la que, tarde o temprano,
volveremos a visitar todos los ahí presentes.

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