Mujeres embriagantes con vestidos de seda, varones
con bombines en la cabeza, la cara rasgada y la mente en llamas, buen jazz de
fondo y nubes de humo de tabaco, fumado en pipa, en el local. Los presentes
beben vino francés y algunos tipos más duros incluso piden absenta mezclada con
un poco de agua. Estamos en la París de
los años veinte y la generación perdida, como se le apodó a los
supervivientes de la Primera Guerra Mundial, pasan las noches en íntimos
cabarets rodeados de bohemios surrealistas y damas despampanantes.
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| París bajo la lluvia también es una fiesta. |
Han cambiado las cosas en París. Ahora su gente
-los que pueden permitírselo- se distrae yendo al Parc des Princes los fines de semana con la intención de ver buen
fútbol. Lo más parecido a los atrevidos bailes de las hermosas mujeres de una
época pasada son los movimientos de cintura
de Marco Verrati. Y no están tan
mal. La buena música ha sido sustituída por modernas canciones de pop que
suenan en el descanso mientras los asistentes compran algunos snacks tras la pesada insitencia de sus
hijos o hacen cola en los lavabos.
Pero hay algo que sigue siendo igual en la
capital. Cuando Zlatan ve el
esférico sobre volar el cielo parisino ya ha calculado el remate. De hecho, es
como si ya hubiera metido el balón dentro antes de ni siquiera tocarlo. Y
cuando lo hace la muchedumbre ya ha sido seducida de nuevo por el sueco y sus
largas piernas se llegan a confundir, durante unos instantes, con la de las
antiguas bailarinas ligeras de ropa.
Ayer el Paris
Saint-Germain ganó el cuarto campeonato de liga de su historia y toca
celebrarlo. Ya sea en el Parque de los Príncipes, en un banco de Les Champs-Élysées o en un tugurio de
mala muerte pero París vuelve a ser una fiesta.

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